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miércoles, 20 de noviembre de 2013

La chica del paraguas rojo

Como todos los días Ángel se levanta cuando suena el despertador y después de ir al baño se prepara su café con leche y una tostada con mermelada de fresa. A Ángel le gusta desayunar en pijama. Acto seguido se viste para ir a trabajar. Recorre la calle como todas las mañanas hasta la parada de la línea 1 dónde unas señoras mayores se pelean por quién entra primero en el autobús. Cómo Ángel odia a ese tipo de gente hace todo lo posible por entrar el primero, por lo que es insultado e incluso empujado a pesar de que el autobús ha llegado casi vacío.

Todos los días, en la tercera parada dónde convergen la línea 1 y 4, una chica espera sentada a la llegada del autobús leyendo un libro. Ángel se pregunta siempre quién es ella, qué está leyendo y porqué siempre carga con un paraguas rojo aunque no esté lloviendo.

El autobús arranca, la chica continúa en la parada y Ángel la pierde de vista. Así una y otra vez, todos los días.

Una mañana, Ángel se levanta sobresaltado, el reloj no ha sonado, es tarde. Se viste apresurado y cuando va a hacer café descubre que no queda. Toma un vaso de zumo de naranja y baja a la calle. Corre hasta la parada pero esta vez coge la línea 4 que acaba de llegar. Logra entrar por los pelos gracias a que el conductor es tan amable de frenar al verlo por el retrovisor. Da las gracias aliviado y toma asiento. Hoy el autobús se detiene en la tercera parada. La chica del paraguas rojo sube y se sienta justo al otro lado del pasillo. Ángel mira la portada del libro que ella sostiene. Lee El guardián entre el centeno. Unos minutos más tarde la chica baja del autobús. Ángel repara en su asiento, el paraguas rojo descansa sobre él. Ángel lo coge y se baja en su parada.

Al día siguiente Ángel se despierta 3 minutos antes de que suene el despertador. Va al baño y se toma su café y su tostada con mermelada de fresa mientras ojea la sección cultural del periódico. Se viste. Fuera llueve así que vuelve a subir a por el paraguas rojo. Camina hasta la parada de todos los días donde dos señoras de edad avanzada le piropean. Se monta en el autobús mientras una de ellas le toca el brazo excesivamente diciéndole que es un mozo muy guapo.

Sin explicación alguna, Ángel se siente hoy feliz y al llegar a la tercera parada se baja aunque no es la suya. Una chica entra corriendo en la parada para protegerse de la lluvia, lleva una gabardina azul y un ejemplar de Cien años de Soledad bajo el brazo. Hay demasiada gente y su hombro se está mojando. Llueve violentamente. Ángel abre el paraguas rojo y lo coloca sobre ella.

–Gracias. Siempre llevo uno como este cuando el día pinta mal, pero lo perdí justo ayer– dice ella sonriendo.

–Muy bueno– dice Ángel señalando el libro que ella sostiene –¿has leído El guardián entre el centeno?.

martes, 19 de noviembre de 2013

En lo profundo

El sol está bastante alto, hace calor a pesar de que el verano ya se ha acabado. Ha sido una gran idea venir a pescar, a los niños les ha encantado.
El estar sentada en las rocas me recuerda a mi infancia, cuando venían las vacaciones escolares y mi padre me llevaba a pescar al espigón, justo antes de llegar al faro.

Hoy no pican los peces, el agua está verde, demasiado clara como aquella vez cuando tenía siete años y me caí mientras pescaba. Lo recuerdo como si fuera ayer.

Estaba sentada en las rocas, justo al borde, con los pies colgando por encima del sedal, el sol me impedía ver la bolla naranja. Brillaba tanto que podía sentir la piel de mi frente tostándose.

Me incliné y fijé la vista en la superficie del agua dónde la luz se deshacía en innumerables puntos de luz intermitente, perdí la vista.

Un calor sofocante comenzó a subir desde mi cuello hasta mis mejillas y caí al vacío chocando contra el agua, caí a través de una espuma amarillenta que se arremolinaba junto a las piedras.

El miedo se apoderó de mi impidiéndome salir a la superficie, pataleaba sin rumbo alguno en lo más profundo de una cavidad entre las piedras del espigón. Comencé a ver una pequeña luz verde que se acercaba lentamente hacia las rocas y pensé que mi padre venía a por mí.

Cuanto más se acercaba a mi menos parecía una persona, aquella presencia era apenas perceptible bajo el agua. Cerré los ojos, ya no podía respirar. Alguien puso sus viscosos labios sobre los míos y el aire comenzó a llenar mis pulmones. Cerré los ojos y noté como me arrastraba hasta la superficie. En mis oídos resonaba un extraño sonido.

Me desperté tosiendo, escupía agua y más agua, me dolía la garganta. Estaba en los brazos de mi padre. Cuando me preguntó si estaba bien le dije que había visto una sirena, pero no me creyó.

lunes, 21 de octubre de 2013

De camino a casa

El día estaba oscuro, casi anochecía. El autobús deambulaba por las calles. Ella miraba por la ventanilla la ciudad, una ciudad que se veía lejana y extraña. Quedaba un largo tramo para llegar a casa. Reclinó el asiento hacia atrás y se colocó los auriculares. Aquel día había sido realmente divertido.
Realmente se ve bonita y sofisticada, se dijo él mientras la observaba desde el fondo del autobús. El resto o dormía o charlaba en voz baja, el cansancio había minado el ánimo del grupo. Se levantó titubeante, quizás por el movimiento del autobús, avanzó por el pasillo y se sentó junto a ella. Cogió uno de sus auriculares y lo colocó en su oreja. Una canción lenta comenzó a sonar.

Durante un par de segundos se miraron el uno al otro como si nunca se hubieran visto. Ella sonrió y cerró los ojos, él la observó un minuto e hizo lo mismo. Cuando despertaron la música había terminado, él le devolvió el auricular y bajó del autobús, ella miró su espalda alejarse a través del cristal.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Sábado

¿Por qué a los mayores les gusta tanto complicar las cosas? Cuando tengo cole, porque tengo cole y debo hacer todo tipo de actividades extraescolares a parte de mis tropecientos ejercicios que la seño me manda y cuando estoy de vacaciones porque en vacaciones es la época de los campamentos, la playa, los parques acuáticos, etc y si no sales y tomas el sol te sale moho, pero lo que realmente, realmente me enfurece es que un sábado por la mañana tenga que levantarme temprano para ir de compras con mamá. ¿Por qué no puedo quedarme en casa, dormir hasta ya no poder más, molestar un poco al gato y tomar el desayuno viendo dibujos animados? Mamá es sábado, ¿debería hacérselo saber a la policía?

Pues eso digo, el otro día llovía a chorros, era sábado y planeaba montar un fuerte en la habitación con un par de sillas y la colcha de mi cama cuando noté que nuestra gata empujaba para adentro la puerta, lo que significa que mamá la ha reñido por algo y que viene detrás de ella con la zapatilla, la escoba o cualquier otro objeto amenazante. Con mamá no se juega.

Mientras Nana se recostaba a mis pies agachando la cabeza mansamente mamá entró en el cuarto resoplando, casi podía ver la tierra que echaba para atrás, igualito que los toros cuando quieren pillar a los toreros. Blandía un rodillo de repostería.

–¡Ni se te ocurra volver a subirte al fogón!– yo la oculté detrás para que la disputa no llegara a mayores porque mi gata es puñetera pero es mi gata desde que me la regalaron en mi quinto cumpleaños y como prueba de ello sólo me obedece a mí.

Mamá entendió que me interpondría en medio de cualquier ataque y bajó el rodillo –levanta y vístete que nos vamos al centro comercial– mis esperanzas del sábado perfecto se vinieron abajo.

Bajé de la cama esquivando a Nana como si me pesara mucho el cuerpo –cómo te envidio gata, tu si que puedes quedarte aquí durmiendo todo el día– Nana me miró fijamente como si me entendiera y volvió a recostarse sobre sus patas delanteras.

Me puse mis pantalones favoritos, esos que mi hermano me compró y que parecen viejos sólo para molestar a mamá que, tras mirarme con ojos de desaprobación me colocó el gorro de lana rojo con borlón que me hizo la abuela el invierno pasado. Sé que es una venganza por lo de los pantalones.

Los grandes almacenes de mi ciudad es uno de los peores sitios a los que puedes ir cuando llueve porque está repleto de gente, hace calor y huele mal. Además, mamá siempre va directa a esa tienda de ropa infantil en la que papá cree que ya no hay ropa para mí, pero mamá simplemente lo ignora. La opinión de papá en cuanto las compras nunca importa.

Odio seriamente ir de compras con mamá, sobre todo cuando vamos al probador a probarme algo muy feo y abre las cortinas como si no me diera vergüenza encontrarme en ropa interior. Realmente, realmente lo odio.

Tras buscar mucho ese día mamá se decidió por un jersey de esos que pican, de color caca, a lo que me negué de inmediato.

–Te lo vas a probar–
–No–
–No me torees– la cara de mamá adquirió un color rosa pomelo.
–Que no–

Mamá comprendió que no podía gritarme había demasiadas madres mirando –si te portas bien, le digo a papá que mañana te lleve al zoo–.

¿Y perderme el domingo también? –No gracias–

Mamá se dio cuenta de que sin poder hacer uso de la zapatilla tendría que resignarse –muy bien, no te lo pruebes, pero estás castigado sin salir hasta que te cases–.

¡Hurra!, iba a poder ver la tele y leer cómics todo el domingo enterito y el resto de mi vida porque no hay ninguna niña suficientemente simpática para que quiera casarme con ella.